En tiempos de crisis, cambiemos el chip

Está claro que en tiempos de crisis tenemos que ser más consecuentes con nuestro dinero y saber rentabilizarlo de forma conveniente. No lo decimos por decir, es una cuestión fundamental para que podamos aprovechar esos pocos euros que nos sobran y de los que podemos disponer para, por ejemplo, disfrutar de un fin de semana maravilloso en un lugar que no conozcamos. Por eso tendríamos que tener claro que lo mejor de todo es acceder a recursos interesantes para estirar al máximo nuestro dinero.

De entrada, creemos que lo más lógico a la hora de viajar es contratar el alojamiento en hostales baratos. El formato de éstos es muy interesante y permite que tengamos las mejores satisfacciones a la hora de asegurarnos un alojamiento de garantía. Por eso nuestra recomendación es que conozcas una página, infohostales.es, en la cual vas a tener la posibilidad de conocer este tipo de establecimientos y aprovecharte de sus innegables ventajas. Para más información, haz clic aquí.

Las ideas preconcebidas son muchas veces erróneas. Algunos creen que un hostal no nos ofrece calidad contrastada, y eso es una idea bastante perniciosa porque este sector profesional goza de una fama más que merecida en nuestro país. Por eso hay que cambiar el chip y gozar de las ventajas que nos dan estos lugares para pasar la noche. No necesitamos camas con dosel o sábanas de satén. Una habitación limpia con sábanas recién puestas y razonablemente bien dispuesta es más que suficiente.

Por otra parte, cuando hacemos viajes largos en los que programamos paradas para poder descansar, está claro que el hostal parte con ventaja. Es barato, funcional, nos permite descansar de forma adecuada y levantarnos al día siguiente más frescos que una rosa.

Por eso la recomendación no puede ser otra que la de que aproveches esta circunstancia para que rentabilices tus próximas vacaciones. Además, si vas a viajar acompañado un hostal tiene un toque romántico innegable. Así que programa tus viajes confiando en estos lugares y evita tener que pagar auténticos dinerales por servicios que puedes obtener de forma mucho más barata. No nos dirás que actuar así no es hacerlo de la forma más correcta…

Encuentros inesperados

Le conocí en una pensión madrileña bastante decente y aseada. Había hecho una búsqueda por Internet para encontrar un establecimiento con precios asequibles, topándome con un buscador de pensiones y hostales baratos que me sirvió para localizar este establecimiento. Buena comida, huéspedes silenciosos, situación envidiable y un precio irrisorio. Sí, era lo que buscaba.

Decía que le conocí en una pensión madrileña, pero en realidad le había visto pasear por las calles de la capital un par de tardes. Su aspecto era estrafalario y su pelo enmarañado presuponía una falta de cepillado alarmante, pero su charla era muy edificante e instructiva. Había sido profesor en no se qué instituto de secundaria, pero una mala racha y la intervención furibunda de la rueda fortuna, girando siempre hacia abajo, le abocaron a la calle y a vivir a salto de mata. Pero insisto: era un hombre interesante.

Cuando me encontraba con un conocido le contaba todo esto, aunque por los gestos de su rostro sabía que nadie daba crédito a lo que oían de mis labios. Pensaban que la pensión en la que me alojaba era algo así como una corrala que amenazaba ruina y que no era en modo alguno ese paraíso tranquilo y acogedor que yo pintaba. Pero la verdad es que el buscador de Internet no mentía, y la comodidad con la que pasé aquellas semanas en Madrid se la debo, en gran parte, a la propietaria de la pensión, que siempre estaba al tanto de las carencias de sus huéspedes.

Precisamente el más pintoresco de todos ellos era él, el desgreñado. Vivía en la única habitación que había en el piso inferior, y estoy seguro de que hacía mucho que había dejado de pagar su alquiler. En cualquier caso a la patrona no parecía importarle demasiado porque todos los días le saludaba con atención y le ponía el desayuno en la mesa. El trato era tan familiar que en ocasiones fui regañado por llevar los faldones de la camisa por fuera.

Cuando terminé mi estancia en la capital me apenó bastante tener que dejar esa pensión tan maravillosa que había encontrado de forma casual. También me  resultó difícil decirle adiós a ese enorme personaje con quien tantas tardes compartí, pero la partida era inminente y no tuve más remedio que dejar en ese trocito de Madrid parte de mi alma.

Por cierto, hace poco regresé por allí y pude comprobar, horrorizado, que la pensión había desaparecido y que había brotado una tienda oriental de la nada. No sé si entrar y pedir que me devuelvan aquello que dejé allí, en ese trocito de Madrid, hace ya tanto tiempo. ¿Algún consejo?